El momento donde todo se nos confundió

Todo se confundió cuando dejamos de hablar de sexología.

 

Se acu­de al sexó­lo­go para que nos estu­die y gene­re estra­te­gias apro­pia­das para vivir el sexo placenteramente.


¿Los dise­ña­do­res, cómo nos esta­mos vin­cu­lan­do con nues­tros “pacien­tes”?

Me gus­ta esa fra­se que dice que «las líneas se tra­zan para­le­las». Si yo quie­ro comu­ni­car­me con otro y encuen­tro difi­cul­ta­des a la hora de hacer­lo, segu­ra­men­te con­se­gui­ré algún espe­cia­lis­ta que pue­da ayu­dar­me, con quien esta­ble­ce­ré una rela­ción de res­pe­to y con­fian­za. De lo con­tra­rio, no podría des­nu­dar mis pro­ble­mas tan fácilmente.

¿Suce­de lo mis­mo en la rela­ción entre un dise­ña­dor y su clien­te? Uno se encuen­tra con el clien­te y la cons­truc­ción de la rela­ción hoy no está muy cla­ra. Si bien es com­pren­si­ble que el dise­ño es una acti­vi­dad bas­tan­te sub­je­ti­va, podría afir­mar­se que, en este tipo de rela­cio­nes, el dise­ña­dor está ahí por su peri­cia para comu­ni­car por cuen­ta y orden del clien­te y por la con­fian­za que tie­ne él de nosotros.

Pero haga­mos una mira­da hacia noso­tros mis­mos, nos sen­ti­mos el Rolling Sto­ne de esta esce­na, no nos cree­mos la fru­ti­lla de la tor­ta y sume­mos a las escue­las de dise­ño que nos hablan —por abso­lu­ta nece­si­dad de sos­te­ner la ten­sión— más de sexo que de sexo­lo­gía «prac­tí­ca­lo, dis­fru­ta de hacer lo que te gus­ta, expre­sa tus ideas, haz reali­dad tu sue­ño, bla bla bla…»; y miles de esló­ga­nes para cap­tu­rar más estu­dian­tes al ini­cio de cada tem­po­ra­da y con­fun­dir aún más la pala­bra diseño.

Si somos el ins­tru­men­to para la solu­ción del pro­ble­ma, si somos el mar­co que garan­ti­za la bue­na reso­lu­ción a una nece­si­dad de comu­ni­ca­ción, será muy difí­cil que poda­mos hacer lo que se nos anto­je. En tal caso hare­mos lo que deba­mos hacer para el obje­ti­vo que se nos plan­tee. Sea­mos sin­ce­ros, ¿nun­ca peca­mos de hacer dise­ño para dise­ña­do­res? ¿Nun­ca nos ten­ta­mos de apli­car un esti­lo de moda al tra­ba­jo que nos encar­ga­ron para un cen­tro geriá­tri­co? ¿Nun­ca hici­mos gala de una bohe­mia pro­pia del artis­ta pari­sino del siglo XIX?

Tam­bién entien­do que nues­tro diá­lo­go con el clien­te no goza de res­pe­to: él habla de la font, nos indi­ca y pone las cosas en el plano antes que noso­tros, osa muchas veces mar­car­nos con algún pro­gra­ma de auto­edi­ción «la idea» uti­li­zan­do par­tes del pri­mer PDF que le pasa­mos, y has­ta en una foto fami­liar habla de «haz­me pho­toshop». Las char­las entre clien­te y dise­ña­dor pue­den ser muy medio­cres. Un diá­lo­go bas­tan­te cha­to cuyo resul­ta­do no mata a nadie, pero que segu­ra­men­te poco a poco ero­sio­na la cul­tu­ra. En defi­ni­ti­va, no sere­mos noso­tros quie­nes no encon­tra­re­mos la for­ma de abrir bien un enva­se, quie­nes no vere­mos la señal en la puer­ta del baño. No somos sólo los dise­ña­do­res los cul­pa­bles de esto, pero sí somos los res­pon­sa­bles de gran par­te de la con­fu­sión, de la des­ilu­sión, del mal­tra­to, del egoís­mo y la vul­ga­ri­za­ción de este oficio.

Brin­do por la demo­cra­ti­za­ción y la prac­ti­ci­dad del hacer, pero esa es ape­nas la peque­ña pun­ta visi­ble de nues­tra labor. Hoy un orde­na­dor es, pri­me­ro que nada, un elec­tro­do­més­ti­co; segun­do, una herra­mien­ta de tra­ba­jo. Que mi clien­te se sor­pren­da por­que yo no uso Mac, habla mal de noso­tros. ¿Aca­so alguien se sor­pren­de al ver a un car­pin­te­ro usar su tala­dro mar­ca tal? Por Dios, si has­ta el gasis­ta (con abso­lu­to res­pe­to por todos los gasis­tas) goza de más res­pe­to al aga­rrar el des­tor­ni­lla­dor. Ante todo, ¡debe ser matriculado!

Entien­do nues­tra labor como un ser­vi­cio, una pro­fe­sión para solu­cio­nar nece­si­da­des de otros. Las expre­sio­nes per­so­na­les cua­si artís­ti­cas, los ins­ta­grams y demás, le ponen onda a lo nues­tro: son una vál­vu­la de esca­pe para hacer, diver­tir­nos, expre­sar­nos libres, ejer­ci­tar, pro­bar y prac­ti­car sexo. Sería cruel y poco sano pasar tan­tas horas dicién­do­le a otros cómo hacer­lo y nun­ca diver­tir­nos nosotros.

Deten­gá­mo­nos. Cerre­mos los ojos y ¡pen­se­mos por un segun­do! Si no hubie­ra un clien­te con una nece­si­dad y dis­pues­to pagar por nues­tro ser­vi­cio, ¿nos lla­ma­ría­mos «dise­ña­do­res»? Toda elec­ción impli­ca una nego­cia­ción, y en toda nego­cia­ción se cede algo. Si que­re­mos ser dise­ña­do­res no pode­mos evi­tar sen­tar­nos a nego­ciar con el mer­ca­do. Qui­zás sea tiem­po de dejar de hablar tan­to de sexo y hablar más de sexología.

Artícu­lo publi­ca­do en FORO ALFA #foroal­fa